El padre, la madre y el hijo

 —¿Padre? ¿Eres tú?

El padre ni se percató al principio de la llegada del hijo: tan absorto estaba en la creación de su nuevo libro Historia del cielo; del todo ajeno, como acostumbraba a hacer cuando escribía, a lo que pudiera ocurrir en su derredor. Todo estaba igual en el padre, salvo una cosa: estaba joven, envidiablemente joven, y rebosando salud.

Iba a repetir el hijo, estupefacto y asustado, su tímida pregunta, cuando una dulce voz femenina le atravesó en ese mismo instante la espalda:

—Calla, Javier, que el padre está pensando…

No tuvo que terminar de volverse el hijo para saber con qué palabra responder a aquella suave voz:

—¡Mamá!, ¡mamá! Pero ¿cómo es posible?

Todavía no daba crédito el hijo de lo que estaba viviendo. Pudo alcanzar a decir, claro que largo rato después de mucho estrujar y dejarse estrujar por la madre, estas pocas palabras, entre la risa y el llanto:

—¡Estás despampanante, madre! Pero ¿quién me ha traído hasta aquí? ¡Si yo no creía, no podía creer en esto! Además... ¡a mí nadie me ha pedido permiso! Y, por cierto: ¿dónde diantres estamos?

—Yo, hijo mío; yo os he traído aquí: ¡a ti, y al bueno de tu padre! ¿A qué viene tanta sorpresa? ¿No decías que había que esperar lo inesperado? Ya sabes que tu padre, que tenía algo de profeta, dejó escrito en su día que confiaba en que, a pesar de sus muchos pecados —mira que es exagerado tu padre—, su mujer conseguiría abrirle las puertas de este lugar que llamamos Cielo... ¡y así ha sido, Javier, y así ha sido! Y si he podido hacer eso por mi marido, ¿qué no iba a poder hacer por el hijo de mis entrañas?

De nuevo se adelantó la madre a la réplica del hijo:

—Sí, sé lo que estás pensando: pero aquí no se miran las creencias o increencias, sino los corazones. ¡Hala!, dejémonos de cháchara e interrumpamos de una vez a tu padre: que ya está bien de tanto escribir...

Ángel Salmerón

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